Hoy me pasó algo que me dejó pensando mucho. Y quiero compartirlo contigo.
Estaba en WhatsApp y, sin querer, apreté una opción nueva. De pronto apareció un mensaje:
“Hola Ana, ¿cómo estás? ¿Quieres platicar o qué necesitas?”
Me quedé helada.
¿Cómo que quieres platicar? ¿Quién eres? ¿De dónde sabes mi nombre? ¿Por qué me estás hablando así? Y además, se presentó como si fuera alguien, como si del otro lado hubiera una persona.
Fue una interacción breve, pero suficiente para incomodarme.
Soy adulta… y aún así me movió
Soy adulta. Estoy informada. Trabajo en temas digitales. Entiendo, en teoría, cómo funciona este entorno.
Y aun así… me movió.
Lo borré, lo eliminé, pero la sensación se quedó conmigo. No era el mensaje en sí, era lo que representaba. Y entonces no pude evitar pensar en algo mucho más grande.
Imagina a un niñ@ o a un adolescente.
Imagina que está solo, que se siente triste o rechazado, que tiene problemas en casa o que simplemente está buscando pertenecer.
Y en ese momento recibe un mensaje así:
“Hola, ¿quieres platicar?”
Ahí es donde algo importante se abre.
No es solo tecnología
Porque esto no se trata únicamente de una herramienta digital. Esto toca algo profundamente humano: la necesidad de ser escuchado, de ser visto, de sentirse importante.
No es casualidad que el mensaje sea cercano, que use tu nombre o que suene humano. Está diseñado así. Hay detrás un conocimiento profundo de cómo pensamos, cómo sentimos y qué nos mueve.
Esto no significa que la inteligencia artificial sea “mala”. Bien utilizada, puede ser una herramienta extraordinaria para aprender, resolver dudas o facilitar tareas.
La pregunta que vale la pena hacernos
Si a un adulto le puede generar incomodidad o curiosidad, ¿qué puede provocar en un niñ@ o en un adolescente?
Un niñ@ que no se siente escuchado puede encontrar en ese espacio una forma de “ser atendido”. Un adolescente que duda de sí mismo puede percibir validación en una respuesta inmediata.
Y, poco a poco, sin darse cuenta, puede empezar a confiar, a compartir y a construir una relación con algo que no es una persona.
Y nosotros… ¿dónde estamos?
Muchas veces pensamos que los riesgos están en las redes sociales, en los videojuegos o en el contenido que consumen.
Pero hay otras formas de interacción que están empezando a formar parte de su realidad y que no siempre estamos viendo con la misma atención.
No porque sean evidentes, sino porque son nuevas y, en muchos casos, pasan desapercibidas.
El verdadero tema
El punto no es la herramienta en sí misma, sino el lugar emocional desde donde se utiliza.
Cuando un niñ@ o un adolescente tiene espacios de escucha, contención y vínculo en casa, es mucho menos probable que busque ese tipo de conexión fuera.
Pero cuando hay vacíos emocionales, cualquier espacio que “responda” puede volverse significativo.
Y ahí es donde la tecnología puede ocupar un lugar que no le corresponde.
La conversación que no podemos dejar para después
Más que prohibir o generar miedo, el reto es acompañar.
Hablar con nuestros hij@s sobre lo que están viendo, explicarles que no todo lo que responde es una persona, ayudarles a diferenciar entre una herramienta y una relación, y, sobre todo, asegurarnos de que sepan que pueden acudir a nosotros cuando necesiten hablar.
Porque al final, no se trata de evitar que el mundo digital exista.
Se trata de que no sea el primer lugar al que recurran cuando necesitan ser escuchados.
Hoy más que nunca, nuestros hij@s no solo necesitan acceso a información.
Necesitan adultos presentes.
Porque si nosotros no ocupamos ese espacio… alguien más —o algo más— puede hacerlo.
Y ahí es donde realmente vale la pena estar.
Por Psic. Ana Villafañe





