A veces, cuando hablamos de tecnología y adolescencia, pareciera que estamos siendo “radicales”. Pero no es radicalidad. Es realidad. Es conciencia. Y nace de mirar a nuestros hijos, mirar nuestra propia historia digital y reconocer algo simple: entramos al mundo de las pantallas sin mapa, sin guía y sin preparación… y ahora nos toca acompañar a quienes vienen detrás.
Lo primero es entender que este no es un tema de prohibir. Es un tema de momento, de madurez y, sobre todo, de presencia.
Hoy vemos a niños de 9, 10 u 11 años con dispositivo propio, participando en chats grupales, enviando audios, fotos, videos… navegando en un mundo que parece inofensivo, pero que exige un nivel de autocontrol y criterio que su cerebro todavía está aprendiendo a desarrollar.
Y como papás solemos decirnos:
“Es que todos lo tienen…”
“Yo lo superviso…”
“Mi hij@ ya es responsable…”
Pero la pregunta de fondo no es si lo tienen, sino desde dónde se lo estamos dando.
¿Desde la presión social?
¿Desde la comodidad?
¿Desde el miedo a que se quede fuera?
¿O desde una conciencia real de lo que implica y de lo que su desarrollo necesita?
El cerebro todavía no está listo…y no es culpa de nadie
La ciencia es clara: la parte del cerebro encargada del autocontrol, el juicio y la toma de decisiones maduras —la corteza prefrontal— termina de desarrollarse alrededor de los 21-22 años.
Esto significa que un niño de 11, 12 o incluso 15 años no siempre tiene la capacidad biológica para medir consecuencias, especialmente cuando hay presión social, emoción o impulsividad.
Ante una foto inesperada, un mensaje provocador o una invitación incómoda, la respuesta no viene del juicio… viene de la emoción.
Primero reaccionan.
Luego —a veces demasiado tarde— piensan.
En nuestra adolescencia, un impulso se quedaba en un chisme o un papelito.
Hoy ese mismo impulso puede convertirse en una foto que circula, un mensaje que no se borra o una huella digital que los acompaña más tiempo del que imaginan.
«Solo es Messenger Kids»… ¿seguro?
Nos da tranquilidad pensar que ciertas apps “infantiles” son un espacio controlado. Pero en el momento en que un dispositivo permite enviar mensajes, fotos o videos, deja de ser un juguete: es una red social.
Con filtros, stickers, emojis tiernos… sí.
Pero con dinámicas que no cambian:
- Comparación
- Exclusión
- Burlas
- Exposición de imagen
- Mensajes impulsivos
- Conversaciones sin supervisión
Y esa ilusión de que “nada se graba”, cuando todo puede capturarse
No es maldad.
No es perversión.
Es inmadurez. Es desarrollo.
El problema no es que lo usarán. Lo harán.
La pregunta es:
¿Ya les enseñamos antes de soltarlo?
La preadolescencia y la pubertad son etapas especialmente vulnerables para entregar herramientas que permiten publicar, grabar, exponer y viralizar.
Nuestros hijos van a cometer errores, igual que nosotros.
La diferencia es que sus errores pueden viajar más lejos y durar más tiempo.
Nuestra tarea no es controlar: es preparar
Claro que van a tener tecnología. La necesitan para vivir en su mundo.
Pero antes de eso necesitan madurez, criterio y acompañamiento.
Ningún filtro parental es más fuerte que un juicio bien formado.
Y ninguna app de control sustituye una conversación honesta.
Al final, no se trata de quitarles la posibilidad de equivocarse.
Se trata de evitar que tengan que equivocarse con consecuencias irreparables.
Acompañar no es controlar: es caminar a su lado mientras aprenden a navegar su propio mundo digital.
Por Psic. Ana Villafañe Gurza





