Hay algo que vale la pena mirar con mucha honestidad.
¿Qué está pasando con el sueño de nuestros hij@s… y por qué muchas veces no lo estamos viendo a tiempo?
En esta ocasión quiero invitarte a observar. A observarte como mamá o papá a la hora de dormir… y a observar a tu hij@ con más calma. Porque muchas veces las señales ya están ahí, en la oscuridad del cuarto, iluminadas por una pantalla.
La señal está ahí, en la oscuridad del cuarto
Cuando un niño pequeño usa el celular o la tablet antes de dormir «tantito», algo empieza a pasar muy rápido.
Le cuesta más conciliar el sueño. Se despierta más veces en la noche. Y aunque el video parecía tranquilo, después aparece la irritabilidad, el llanto sin motivo claro, la dificultad para bajar el ritmo.
Le apagas la pantalla y no se apaga con ella. Sigue ahí, encendido por dentro, un rato más.
Y ahí es donde vale la pena detenernos. Porque su cerebro todavía está aprendiendo a distinguir cuándo es de día y cuándo es de noche, y una pantalla encendida le manda la señal equivocada.
Cuando la hora de dormir empieza a cambiar
Entre los 8 y 10 años ya no es solo un video antes de dormir: es un juego que no quiere pausar, un chat grupal que sigue activo, un «ya voy» que se repite cada diez minutos.
Aprenden a bajar el brillo de la pantalla para que no se note por debajo de la puerta. Descubren que pueden silenciar el celular y seguir viéndolo bajo las cobijas.
Poco a poco la hora de dormir deja de ser una hora fija y empieza a estirarse.
Y entonces llegan las frases que todos hemos escuchado:
«Es que ya casi termino.»
«Es que si no contesto, se enojan conmigo.»
«Es que todos están despiertos todavía.»
En la adolescencia, la noche también se conecta
Entre los 11 y 15 años ocurre otro cambio importante: el celular deja de ser solo entretenimiento antes de dormir y empieza a convertirse en la última conexión del día con su mundo social.
Ahí aparece el miedo a perderse algo, la necesidad de estar al tanto de lo que pasa en el grupo, la sensación de que desconectarse es quedarse fuera.
Les cuesta soltar el teléfono, sentirse tranquilos sin esa última revisada, incluso apagarlo por un rato.
Y detrás de «un ratito más» muchas veces lo que hay es, otra vez, miedo a no pertenecer.
Detengámonos un momento: ¿qué pasa en el cerebro?
No para juzgar. Para entender.
Porque aquí viene algo muy importante: esto no es simplemente «les gusta desvelarse».
Tiene que ver con el cerebro, el cual todavía se está formando.
El sueño es cuando el cerebro consolida lo aprendido durante el día, regula las emociones y se recupera físicamente. Y la luz de las pantallas interfiere justo con la hormona que le avisa al cuerpo que ya es hora de descansar.
Por eso un adolescente que se desvela con el celular no solo amanece cansado: amanece más irritable, con menos capacidad para concentrarse y con menos herramientas para manejar sus emociones al día siguiente.
No porque quiera hacerlo mal.
Sino porque su cuerpo y su cerebro todavía no tienen del todo la capacidad de poner ese límite solos.
Antes la noche tenía un final. Hoy ya no
Antes, la hora de dormir tenía un final claro: se apagaba la luz y ya.
Hoy la conexión no se apaga sola. Sigue ahí, disponible, toda la noche, esperando a que alguien la cierre. Un juego, un video o un chat pueden extender la noche mucho más de lo que un niño o un adolescente alcanza a notar por sí mismo.
Y esto vale la pena tenerlo presente: sin un límite claro desde afuera, es fácil que esas horas de sueño se vayan recortando poco a poco, casi sin darnos cuenta.
La diferencia es que hoy conviven con dispositivos que compiten directamente con su descanso, antes de que tengan la madurez suficiente para poner ellos mismos ese límite.
El límite que todavía no pueden poner solos
Aquí está, probablemente, el punto más importante de todo.
Mientras su cerebro sigue desarrollándose, nosotros funcionamos como ese límite que todavía no pueden sostener solos a la hora de dormir.
Nosotros somos la rutina, somos el «ya es hora», somos quienes recordamos que el descanso también se cuida.
Y es comprensible pensar que, por haber hablado una vez del tema, o porque «ya es grande», va a saber soltar el celular a tiempo por sí solo. Pero eso todavía le pide más de lo que puede dar.
Porque no se trata solo de voluntad. Se trata de madurez cerebral y emocional, todavía en construcción.
La pregunta que de verdad importa
La pregunta no es si tu hij@ puede tener el celular en su cuarto. La verdadera pregunta es:
¿su cerebro está listo para poner solo el límite que esa conexión constante le exige? Y todavía más importante: ¿dónde estamos nosotros a la hora en que debería estar durmiendo?
No se trata de prohibir por miedo. Se trata de sostener aquello que ellos todavía no pueden sostener solos. Porque el descanso no se adelanta. Y cuando se lo recortamos noche tras noche, el cansancio, el ánimo y la concentración también se resienten antes de lo que quisiéramos.
Ahí es donde poner una rutina, un límite y una hora para que la pantalla también «se vaya a dormir» deja de ser exageración. Y empieza a convertirse en protección.
Por Psic. Ana Villafañe





