Muchas veces me preguntan: “Ana, ¿en tu casa no hay tecnología?”
Y la respuesta es clara: sí, claro que hay. Mi casa es una casa inteligente. La tecnología es parte de mi vida y de mi trabajo.
Gracias a ella he podido crecer, aprender y avanzar profesionalmente. Pero eso no quita que me cuestione profundamente el impacto que tiene en nuestros hij@s.
Una reflexión que nace de lo cotidiano
Recuerdo cuando mis hijas eran pequeñas y veían caricaturas. De pronto empezaban a usar palabras o expresiones que yo no les había enseñado. Nos daba risa. Era simpático.
Y ahí me cayó un veinte importante: no era solo una palabra, era absorción.
Absorbían lenguaje, formas de expresarse e información. Y entonces me pregunté: si eso pasaba con una caricatura aparentemente inocente, ¿qué pasa hoy con el mundo digital?
El antes y el después de un dispositivo propio
En el momento en que un niñ@ o adolescente comienza a tener acceso constante a un dispositivo, su relación con el mundo empieza a transformarse.
Cambia su forma de pensar, de razonar, de analizar, de vincularse y de verse a sí mismo y al mundo.
No es exageración decir que existe un antes y un después, porque el mundo digital no solo entretiene: también modela personalidad, lenguaje, valores, comparaciones y vínculos.
¿Qué están absorbiendo hoy?
Si cuando eran pequeños absorbían palabras que nos parecían graciosas, hoy nuestros hij@s están absorbiendo imágenes constantes, comparaciones permanentes, modelos de relación, formas de socializar e ideas sobre éxito, cuerpo, amistad y vida.
También absorben un lenguaje que muchas veces no viene de casa.
La pregunta importante no es si la tecnología es buena o mala
La pregunta es otra: ¿en qué momento queremos exponerlos a todo esto?
Porque quienes ponemos la tecnología en manos de los niñ@s somos los adultos.
Somos nosotros quienes decidimos cuándo, cómo, cuánto y para qué. Y también somos nosotros quienes decidimos cuánto tiempo queremos preservar su niñez.
Lo que podemos perder si no somos conscientes
No se trata de rechazar la tecnología, sino de reconocer lo que puede restar cuando entra demasiado pronto y sin acompañamiento.
Puede afectar la inocencia, el pensamiento propio, las formas genuinas de relacionarse, el juego libre, la creatividad y la mirada crítica.
Tal vez sume algunas cosas, sí.
Pero también puede restar muchas otras si no estamos presentes para acompañar.
El rol que sí podemos asumir como padres
Como padres, podemos hacer mucho más de lo que creemos: retrasar el acceso cuando sea posible, acompañar antes de soltar, conversar sobre lo que ven y consumen, observar cambios en su lenguaje, humor o conducta y recordar que no todo lo disponible es adecuado para todas las edades.
La educación digital no empieza con un dispositivo, empieza con presencia, criterio y vínculo.
Reflexión final
Regresemos a nuestros hij@s a ser niñ@s el mayor tiempo posible. No hay prisa. No hay una urgencia real.
La tecnología va a seguir ahí, pero la infancia no vuelve.
Está en nuestras manos postergar ese “antes y después” para que, cuando llegue, nuestros hij@s estén más fuertes, más conscientes y, sobre todo, más acompañados.
Por Psic. Ana Villafañe





