Hay algo que últimamente me tiene pensando mucho como mamá.
Vivimos en una época privilegiada. Hoy tenemos acceso inmediato a información que antes implicaba horas en una biblioteca, diccionarios abiertos sobre la mesa, enciclopedias pesadas y hojas llenas de apuntes.
Google, ChatGPT y muchas otras herramientas han simplificado procesos de una manera impresionante.
Y no lo voy a negar: yo las uso.
Las uso para trabajar mejor, más rápido y con mayor eficiencia. Lo que antes me tomaba tres horas, hoy puede tomarme treinta minutos.
Pero ahí empezó mi conflicto interno.
Hace poco, ayudando a una de mis hijas con la tarea, me dijo:
— “¿Por qué no usamos ChatGPT?”
Cuando le respondí que primero quería que pensara sola, su reacción fue inmediata:
— “Pero tú sí lo usas… ¿por qué yo no?”
Y ahí comenzó una conversación que me movió más de lo que esperaba.
Le expliqué que no estaba prohibido. Que sí podíamos usarlo. Pero no como primer paso. Primero quería que su cerebro hiciera el trabajo: leer, buscar, conectar ideas, equivocarse, volver a intentar, llegar a una conclusión propia.
Después, con gusto, revisaríamos juntas lo que la herramienta ofrecía.
No fue una charla sencilla. Hubo frustración. Hubo resistencia. Hubo negociación.
Pero pasó algo valioso: pensó.
Y al final, ni siquiera necesitó la herramienta para resolverlo.
Ahí entendí que el problema no es la inteligencia artificial.
El problema es el orden en el que la estamos usando.
El cerebro en desarrollo no funciona como el nuestro
Como adultos, nuestro cerebro ya terminó de madurar. Hemos desarrollado funciones ejecutivas fundamentales: analizar, discriminar información, reflexionar, anticipar consecuencias y tomar decisiones con mayor perspectiva.
Para nosotros, estas herramientas suelen ser un apoyo. Aceleran procesos que ya sabemos hacer.
Pero en un cerebro en desarrollo, el efecto puede ser distinto.
Cuando una herramienta responde de inmediato, puede sustituir el esfuerzo mental. Puede saltarse el proceso de duda, análisis y construcción propia de pensamiento.
Y el proceso es tan importante como la respuesta.
Pensar toma tiempo.
Equivocarse también.
Frustrarse forma carácter.
Resolver fortalece la autoestima.
Si eliminamos constantemente ese recorrido, algo esencial deja de ejercitarse.
Antes de enseñar a buscar, necesitamos enseñar a pensar
Durante años enseñamos a nuestros hij@s a leer antes de pedirles que investigaran. A escribir antes de copiar. A sumar antes de usar una calculadora.
Hoy el reto es similar.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta maravillosa para complementar, profundizar o verificar. Pero no debería reemplazar el primer esfuerzo mental.
El orden importa:
Pensar → analizar → concluir → corroborar.
No al revés.
Porque cuando un niñ@ aprende que siempre hay algo que puede pensar por él, su criterio empieza a depender de lo externo.
Y el criterio no se descarga.
Se construye.
No se trata de prohibir, sino de acompañar
La solución no es satanizar la tecnología ni generar miedo.
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Nuestros hij@s convivirán con ella en la escuela, en el trabajo y en su vida cotidiana.
Pero eso no significa que debamos entregarla sin guía.
Algunas decisiones prácticas pueden ayudarnos:
Establecer que primero intenten resolver por sí mismos.
Supervisar cómo y para qué están utilizando estas herramientas.
Conversar sobre la diferencia entre apoyo y sustitución.
Fomentar el hábito de cuestionar la información recibida.
Recordar que no todo lo que una herramienta responde es necesariamente correcto.
También es importante modelar con coherencia. Si nosotros la usamos, podemos explicar cómo y por qué, mostrando que no reemplaza nuestro pensamiento, sino que lo complementa.
Lo que está en juego no es solo académico
No se trata únicamente de tareas escolares.
Pensar desarrolla autonomía.
Desarrolla criterio.
Desarrolla seguridad interna.
Un niñ@ que aprende a resolver problemas fortalece su confianza. Aprende que puede enfrentar retos. Que puede equivocarse y volver a intentar.
Si siempre hay una respuesta inmediata disponible, el riesgo no es que estén menos informados. El riesgo es que dependan excesivamente de lo externo para validar lo que piensan.
Y eso sí puede impactar su desarrollo a largo plazo.
Mi reflexión como mamá
Después de esa conversación entendí algo importante.
No estamos compitiendo contra la tecnología. Estamos formando personas que deberán usarla con criterio.
No se trata de prohibir herramientas. Se trata de enseñar el orden correcto.
Primero el pensamiento humano. Después la herramienta.
Primero el cerebro. Después la pantalla.
Porque si dejamos que la tecnología piense por ellos desde muy pequeños, podríamos estar criando generaciones con acceso ilimitado a información… pero con poca práctica en reflexión.
Y la reflexión es profundamente humana.
La tecnología seguirá avanzando.
Nuestro reto es asegurarnos de que nuestros hij@s avancen con ella, pero sin dejar atrás su capacidad de pensar por sí mismos.
Ahí, como padres, nuestra presencia hace toda la diferencia.
Por Psic. Ana Villafañe





