Durante las vacaciones, algo cambia en casa. Hay más tiempo libre, más traslados, más cansancio… y también más pantallas.
No por descuido, sino por necesidad. Porque a veces entretienen, a veces calman y, muchas veces, nos ayudan a llegar al final del día.
Y sí: es humano, es comprensible y, en muchos casos, inevitable.
Lo importante no es juzgar ese momento, sino entender lo que sucede después.
Cuando un niño, niña o adolescente pasa varias horas frente a una pantalla, su cerebro recibe una dosis intensa de dopamina: la sustancia asociada al placer inmediato, la gratificación rápida y la estimulación constante.
El problema no es que suba.
El problema es que cuando baja, lo hace de golpe.
¿Qué pasa cuando se las quitamos?
Lo que aparece muchas veces nos desconcierta.
Y es importante decirlo con claridad:
No es mala educación.
No es rebeldía.
No es que “se volvió insoportable”.
Lo que estamos viendo es un proceso de desregulación muy parecido a un síndrome de abstinencia digital.
Después de mucho estímulo —como ocurre con el azúcar, el ruido o la sobreexposición— el cerebro necesita tiempo para volver a equilibrarse.
Y eso suele verse así:
- Irritabilidad
- Respuestas impulsivas o contestaciones fuertes
- Baja tolerancia a la frustración
- Aburrimiento extremo (“no sé qué hacer”)
- Llanto o enojo sin causa clara
- Dificultad para disfrutar actividades simples
- Inquietud constante, movimiento, ansiedad
Nada de esto es un ataque personal. Es neurobiología.
Entonces, ¿qué podemos hacer como papás?
Primero: entender que es normal.
Si hubo sobreestimulación, habrá un periodo de ajuste. No es una falla: es parte del proceso.
Segundo: no personalizarlo.
No es contra ti. No es manipulación. Es un cerebro aprendiendo a regularse otra vez.
Tercero: sostener con paciencia.
Tú permitiste las pantallas por cansancio, por viaje o por logística.
Y ahora toca acompañar lo que viene después.
Cuarto: dar tiempo.
El cerebro necesita espacio para reencontrar placer en lo sencillo: jugar, crear, aburrirse, imaginar, compartir
La fase más valiosa (y la que más nos cuesta)
Después de las primeras horas —a veces días— de desregulación, algo empieza a cambiar.
Aparecen de nuevo:
- El juego libre
- La creatividad
- Las conversaciones espontáneas
- El aburrimiento que abre puertas
- El vínculo
- La calma
Y entonces vemos algo que las pantallas muchas veces nos tapan:
nuestros hijos conectando con la vida real.
En resumen
Si en vacaciones vas a permitir pantallas, hazlo con conciencia.
Sabiendo que puede haber desregulación… y que después vendrá el reajuste.
No esperes que las suelten sin incomodidad.
Acompaña el proceso con paciencia, no con culpa.
Porque la educación digital no está solo en lo que permitimos,
sino en cómo sostenemos lo que pasa después.
Dale pantallas si lo necesitas.
Pero dales también tiempo, presencia, paciencia y contención.
Ahí es donde ocurre la verdadera educación digital.
Por Psic. Ana Villafañe Gurza





