Que internet no sea quien hable de sexualidad con tus hij@s

Por: Psic. Ana Villafañe

Hay una realidad que sigue siendo incómoda para muchos adultos. Una conversación que solemos posponer porque no sabemos cómo abordarla o porque pensamos que todavía «no es el momento». Sin embargo, mientras nosotros esperamos, nuestros hij@s siguen creciendo en un mundo donde el acceso a la información nunca había sido tan inmediato.

Cada vez es más frecuente que niñas y niños tengan un primer contacto con contenido relacionado con la sexualidad a edades muy tempranas. En algunos casos ocurre por accidente, después de una búsqueda aparentemente inocente. En otros, porque un compañero les muestra una imagen o un video, porque reciben un enlace en un chat o simplemente porque sienten curiosidad.

La forma en que sucede puede ser muy distinta en cada familia, pero hay algo que ya no podemos ignorar: la exposición temprana a este tipo de contenidos es una realidad para muchos niños.

No es solamente que lo vean

La preocupación no se limita a que un niño encuentre contenido sexual en internet. El verdadero reto está en quién le ayudará a comprender lo que acaba de ver.

Cuando los padres evitamos hablar de sexualidad, nuestros hij@s no dejan de buscar respuestas. Simplemente comienzan a encontrarlas en otros lugares.

Y hoy esos lugares suelen ser internet, las redes sociales, los algoritmos, algunos creadores de contenido o compañeros que tampoco cuentan con la información adecuada.

Internet puede ofrecer una enorme cantidad de información, pero no educa por sí solo. No conoce la edad del niño, su nivel de desarrollo emocional ni los valores de cada familia. Solo muestra contenido, muchas veces sin contexto, sin acompañamiento y sin ayudar a diferenciar entre una representación y la realidad.

La pornografía no es educación sexual

Uno de los mayores riesgos es que la pornografía termine convirtiéndose, sin querer, en la primera fuente de información sobre sexualidad.

Hace algunos años, el acceso a este tipo de contenido era mucho más limitado. Hoy basta con unos cuantos clics para encontrar material de todo tipo, incluso contenido que presenta prácticas, dinámicas o conductas que no representan relaciones afectivas sanas, respetuosas o consensuadas.

El problema es que un cerebro en desarrollo todavía no cuenta con las herramientas necesarias para interpretar críticamente lo que observa. Un niño difícilmente puede distinguir entre una representación creada para entretener adultos y una referencia sobre cómo deberían ser las relaciones entre las personas.

Cuando esa explicación no llega desde un adulto de confianza, existe el riesgo de que construya ideas equivocadas acerca del afecto, el consentimiento, el respeto, la intimidad o el valor de su propio cuerpo.

El cerebro aprende de aquello a lo que se expone

El desarrollo infantil ocurre a través de la experiencia. Los niños aprenden observando, escuchando, repitiendo y dando significado a lo que viven todos los días.

Así como un niño aprende un idioma al escucharlo constantemente, también va formando ideas sobre cómo funciona el mundo a partir de aquello que consume con frecuencia.

Por eso es tan importante prestar atención al contenido al que están expuestos. No porque una sola imagen vaya a determinar su desarrollo, sino porque la exposición repetida influye en la manera en que interpretan la realidad y construyen sus creencias.

Las experiencias digitales también forman parte de ese aprendizaje.

 

El cerebro también se alimenta de lo que consume

Cuando pensamos en alimentación solemos imaginar únicamente aquello que entra por la boca. Sin embargo, el cerebro también recibe un alimento constante a través de las imágenes, las conversaciones, los videos, la música y todo el contenido que consumimos diariamente.

Cada experiencia deja una huella. Algunas fortalecen habilidades, despiertan la creatividad o favorecen el aprendizaje. Otras pueden generar confusión, miedo o construir ideas poco saludables si aparecen antes de que exista la madurez necesaria para comprenderlas.

Por eso no basta con cuidar la alimentación física de nuestros hij@s. También necesitamos cuidar el entorno digital en el que están creciendo.

 

Después nos preguntamos:  ¿qué pasó?

Con frecuencia nos preocupa ver adolescentes que normalizan relaciones de control, celos, violencia psicológica o falta de respeto. Sabemos que estos fenómenos tienen múltiples causas y que no existe una única explicación para entenderlos.

Sin embargo, también vale la pena hacernos estás preguntas como padres:

¿Qué mensajes han recibido sobre las relaciones humanas durante toda su infancia?

¿Qué conversaciones tuvieron en casa?

¿Quién respondió sus dudas cuando comenzaron a sentir curiosidad?

Las creencias sobre el afecto, el respeto, los límites y el consentimiento no aparecen de un día para otro. Se construyen poco a poco, a partir de las experiencias, el ejemplo de los adultos y la información que reciben mientras crecen.

El silencio no protege

Uno de los errores más comunes es pensar que evitar el tema ayudará a conservar su inocencia.

Creemos que si no hablamos de sexualidad, ellos tampoco pensarán en ello. Que si no respondemos sus preguntas, dejarán de tener curiosidad. Que si esperamos unos años más, el problema desaparecerá.

Pero el desarrollo infantil no funciona así.

La curiosidad forma parte del crecimiento. Los niños hacen preguntas porque están intentando comprender el mundo. Si nosotros no respondemos, buscarán respuestas en otro lugar.

El silencio no protege. El silencio únicamente deja vacíos que alguien más terminará llenando.

Hablar no adelanta procesos

Existe un temor muy frecuente entre madres y padres: creer que hablar de sexualidad despertará un interés que antes no existía.

La evidencia disponible muestra lo contrario. Una educación sexual adecuada para cada etapa del desarrollo no promueve conductas sexuales tempranas. Al contrario, ayuda a que niñas, niños y adolescentes desarrollen mayor criterio, comprendan el cuidado de su cuerpo, aprendan a establecer límites y sepan identificar situaciones que los hagan sentir incómodos o inseguros.

Hablar también fortalece la confianza.

Cuando un hijo sabe que puede preguntar sin miedo a ser juzgado, es mucho más probable que busque a sus padres cuando algo lo confunda, lo incomode o lo preocupe.

Y esa confianza puede convertirse en uno de los principales factores de protección frente a los riesgos del entorno digital.

Hablar, educar y acompañar

Hablar de sexualidad no consiste en tener una sola conversación incómoda.

Es un proceso que comienza desde la infancia con explicaciones sencillas, utilizando el nombre correcto de las partes del cuerpo, enseñando el respeto por la privacidad, explicando el consentimiento, respondiendo las preguntas con honestidad y adaptando la información a la edad de cada niño.

A medida que crecen, esas conversaciones evolucionan para incluir temas como los cambios de la pubertad, las relaciones afectivas, el respeto, la identidad, la seguridad en internet y el pensamiento crítico frente a los contenidos que consumen.

No se trata de hablar de todo al mismo tiempo. Se trata de estar disponibles cada vez que nuestros hijos nos necesiten.


La tecnología también requiere acompañamiento

Así como enseñamos a nuestros hijos a cruzar una calle o a nadar de forma segura, también necesitamos enseñarles a desenvolverse en el mundo digital.

Los controles parentales, los filtros de contenido y las configuraciones de privacidad son herramientas muy valiosas, pero ninguna sustituye la presencia de un adulto que acompaña, conversa y genera confianza.

La prevención más efectiva sigue ocurriendo dentro de casa, a través del vínculo cotidiano y de conversaciones abiertas que permitan a los hij@s sentirse seguros para pedir ayuda cuando algo no está bien.


Quizá la pregunta ya no sea si nuestros hijos estarán expuestos a contenidos relacionados con la sexualidad.

La realidad es que, tarde o temprano, muchos de ellos se encontrarán con información para la que todavía no estaban preparados.

La verdadera pregunta es otra.

Cuando llegue ese momento, ¿quién queremos que haya sido su primera fuente de información?

¿Internet?

¿Las redes sociales?

¿Un influencer?

¿Un amigo que también está intentando entender el tema?

¿O nosotros?

Porque si nosotros no ocupamos ese espacio con información, escucha y acompañamiento, alguien más lo hará.

Hablar de sexualidad no significa adelantar etapas. Significa ofrecer herramientas para que nuestros hij@s puedan comprender su cuerpo, cuidar su bienestar, construir relaciones saludables y navegar el mundo digital con mayor seguridad.

Y esa conversación, más que una opción, hoy forma parte de la protección que necesitan.

Por Psic. Ana Villafañe

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