Hay una frase que en vacaciones se escucha en casi todas las casas. «Ya me aburrí» Y casi siempre, sin darnos mucha cuenta, la resolvemos igual: una pantalla.
No lo hacemos por comodidad ni por falta de amor. Lo hacemos porque funciona, porque calma el momento, porque nos regresa la paz por un rato. Pero vale la pena preguntarnos qué pasa cuando esa es siempre la respuesta.
El aburrimiento tiene mala fama
Crecimos pensando que el aburrimiento es algo que hay que evitar, casi como un pequeño fracaso de los papás: si mi hij@ se aburre, algo me faltó organizar. Pero el aburrimiento no es un vacío que hay que llenar de inmediato. Es, en realidad, un espacio. Un espacio donde antes aparecía un juego inventado, una plática entre hermanos, un dibujo que salía de la nada, un «vamos a construir algo con esto».
Cuando llenamos ese espacio siempre con lo mismo, esa parte creativa deja de tener oportunidad de aparecer.
Qué pasa cuando la pantalla siempre llega primero
Cuando la pantalla resuelve el aburrimiento en automático, sin espacio ni tiempo de por medio, el cerebro aprende algo muy concreto: «cuando no hay estímulo, alguien más me lo da.» Y esa idea, repetida una y otra vez, hace que cada vez sea más difícil tolerar los momentos sin estímulo constante. Aparece la inquietud apenas se apaga la pantalla, la dificultad para entretenerse solos, la necesidad de que algo esté pasando todo el tiempo.
No es falta de imaginación. Es que la imaginación no ha tenido tiempo de ejercitarse.
Lo que se construye en ese rato «sin hacer nada»
Ese momento incómodo, ese «no sé qué hacer», es justo donde se entrena algo importante: la capacidad de estar con uno mismo, de resolver el aburrimiento por cuenta propia, de sostener la incomodidad sin necesitar que alguien más la resuelva de inmediato. Es ahí donde también se construye la creatividad: cuando no hay una pantalla dictando qué sigue, el cerebro empieza a inventar. Y para inventar, primero necesita tener espacio vacío.
Una pausa: qué necesita el cerebro para aprender a entretenerse solo
Esto no tiene que ver con fuerza de voluntad ni con qué tan «creativo» es un niño o una niña. Tiene que ver con práctica. La tolerancia al aburrimiento, como cualquier otra habilidad, se desarrolla con repetición. Cuantas más veces un niño atraviesa ese ratito incómodo sin que alguien se lo resuelva de inmediato, más fácil se le hace la siguiente vez. Y cuantas menos veces lo atraviesa, más grande se siente ese vacío cuando por fin aparece.
Las vacaciones son un buen momento para practicarlo
Durante el ciclo escolar, los horarios ya vienen organizados: la tarea, las actividades, las rutinas. Hay poco espacio para el aburrimiento. Las vacaciones son distintas. Hay más tiempo libre, menos estructura, más ratos donde «no hay nada que hacer». Y eso, que a veces nos parece un reto que hay que resolver rápido, en realidad es una oportunidad: es de los pocos momentos del año donde el aburrimiento tiene espacio para existir sin que nadie lo interrumpa.
Lo que nos toca a nosotros
No se trata de quitar la tecnología de las vacaciones ni de convertir cada tarde libre en una lista de actividades. Se trata de resistir, aunque sea un poco, el impulso de resolver el aburrimiento apenas aparece.
De dejar que ese silencio incómodo dure un rato más antes de ofrecer la pantalla. De confiar en que, si les damos espacio, ellos mismos van a encontrar con qué llenarlo.
La pregunta que vale la pena hacerse
La pregunta no es si nuestros hij@s se van a aburrir en vacaciones.
Se van a aburrir, y está bien que así sea. La pregunta es: ¿qué tan rápido corremos a resolverlo por ellos? Porque cada vez que dejamos que el aburrimiento exista un poco más, también les estamos dejando espacio para que su creatividad aparezca.
Por Psic. Ana Villafañe





